"Principios rectores para cualquier acto psicoanalítico”
Principios:
El psicoanálisis es una práctica de expresión donde en la terapia se trata del analista y el analizado, reunidos en una sesión psicoanalítica. El analizado habla de lo que lo lleva allí, su síntoma, cosas que son imposibles de decir y que le causan sufrimiento. El analista permitirá tejer el hilo de su inconsciente a través del poder del lenguaje, de este modo, será posible la interpretación.
El analizado abordará al analista y atribuirá sentimientos, creencias y expectativas como una reacción a lo que dice, y desea. El descifrar ese significado en los intercambios entre analista y analizado no es la única cosa en juego. También existe la intención del hablante. Se trata de recuperar algo perdido en el interlocutor. Esta recuperación de un objeto es la clave para el mito freudiano de la unidad. Se funda la transferencia que une a los dos. Según Lacan el sujeto recibe su propio mensaje del otro.El bono de transferencia supone un lugar, el "lugar del Otro", como Lacan dice, que no se rige por ningún otro en particular. Es el lugar en el que el inconsciente es capaz de aparecer con el mayor grado de libertad de expresión. También es el lugar en el que las figuras de una fantasía se pueden establecer en el más complicado de sus juegos de espejo. Esta es la razón de una sesión psicoanalítica que no permite que una tercera persona, con la mirada externa al proceso participe de ella.
No existe un tratamiento estándar, no hay procedimiento general por el cual se rige el tratamiento psicoanalítico. Freud utiliza la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas y movimientos típicos en el comienzo y el final de un partido.
Esto no cambia el hecho de que, como en el ajedrez, el psicoanálisis no puede ser presentado en forma de algoritmo. Podemos ver esto en el propio Freud quien transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares como el Hombre de las Ratas.
La experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad: el de la originalidad de un escenario a través del cual toda singularidad subjetiva emerge. El psicoanálisis no es tanto una técnica sino un discurso que anima a cada persona para producir propia singularidad
La duración del tratamiento y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizados. La duración de los tratamientos de Freud fue variada. Había tratamientos que duraron una sola sesión, como en el psicoanálisis de Gustav Mahler. El caso del pequeño Hans, el cual duró cuatro meses, un año, en el Hombre de las Ratas, varios años como en el hombre lobo. Desde entonces, la variación y la diversificación no han dejado de crecer. Por otra parte, la aplicación del psicoanálisis fuera de la sala de consulta en centros de salud mental ha contribuido a la variación en la duración del tratamiento psicoanalítico. La variedad de casos clínicos y las variaciones en la edad en que el psicoanálisis se ha aplicado permiten considerar que la duración de un análisis es ahora, en el mejor de los casos, como "hecho a medida." El análisis continúa hasta el punto en que es lo suficientemente satisfactorio para el analizado, lo que se ha experimentado en la práctica psicoanálitica para poner fin a su análisis. El objetivo no es la aplicación de una norma, sino un acuerdo por parte del sujeto consigo mismo.
El psicoanálisis no puede decidir lo que se pretende en términos de adaptación de la singularidad de un sujeto a ninguna de las normas, reglas, determinaciones, o las normas de la realidad. El psicoanálisis habla de la impotencia. Esta impotencia es designada por el término "castración". Además, el psicoanálisis, con Lacan, ha formulado que es imposible que haya alguna norma en la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción y si no existe una norma, corresponde a cada persona a inventar una solución particular, que se basa en sus síntomas. Sigue siendo no menos cierto que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución única "para todos". En este sentido, esta relación sigue estando marcada con el sello de lo incurable, y siempre habrá algo que falla.
La formación analítica no puede reducirse a las normas de formación universitaria o de la evaluación de lo que se ha adquirido en la práctica. La formación analítica, desde que se estableció como un discurso, se apoya en tres pautas: seminarios de formación teórica, el psicoanalista en la formación de realizar un psicoanálisis a su punto final (de la cual el flujo de los efectos del entrenamiento), la transmisión pragmática de la práctica en la supervisión (conversaciones entre pares sobre la práctica).
Freud en un momento creyó que era posible determinar una identidad psicoanalítica. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han sucedido desde hace más de un siglo han demostrado cuán ilusoria está la definición de una identidad psicoanalítica. La definición de un psicoanalista incluye la variación de esta identidad. Es esta misma variación. La definición, no es un ideal que incluye la historia del psicoanálisis en sí, y de lo que se ha llamado el psicoanálisis en el contexto de los distintos discursos.
El título de psicoanalista incluye componentes contradictorios. Se requiere un grado académico, universitario, o su equivalente, la capacitación. También de una experiencia clínica que se transmite en su particularidad, bajo la supervisión de otros. La experiencia radicalmente singular de un psicoanálisis. Los niveles de lo general, lo particular y lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es una historia de desacuerdos sobre las interpretaciones y de esta heterogeneidad. Forma parte de esta gran conversación del psicoanálisis que hace que sea posible afirmar que es un psicoanalista. Esto indica que se produce a través de procedimientos en las comunidades que son las instituciones psicoanalíticas. Un psicoanalista nunca está solo, depende de un Otro que lo reconoce. Estos Otros no pueden reducirse a una normativa, autoritaria, reglamentaria. Un psicoanalista es aquel que se afirma desde lo que ha obtenido de la experiencia psicoanalítica, Lacan lo llamó haber cruzado por encima de callejones sin salida. La interlocución se inscribe dentro de la gran conversación entre el psicoanálisis y la civilización. Un psicoanalista no es autista, no deja de dirigirse al interlocutor benevolente, la opinión ilustrada, a la que desea mover para llegar a favor de la causa del psicoanálisis.












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